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Así NO se templó el acero

Así NO se templó el acero

Por Héctor Antón

Según la tradición autoritaria insular posterior a la insurrección de 1959, abundan los casos de intelectuales y artistas que han recibido la bendición oficial tras su fallecimiento, pues la muerte los transforma en mártires de la incomprensión o el juicio incompetente. Sin embargo, tal proceso de rehabilitación ha dependido de la intensidad de gritos o susurros de los sujetos parlantes dentro o fuera del juego.

Entre justificaciones y rectificaciones a des-tiempo, “la cultura cubana es una sola” y sepulta calamidades. Un estudioso del utilitarismo poético advirtió: “No hay artista vivo más útil que un artista muerto”. Lo demás, circula en la órbita del momento propicio o de esa paciente impaciencia que no abre puertas.

Frívolo, exquisito y bailador, Severo Sarduy (Camagüey, Cuba, 1937-París, 1993) era el arquetipo de exiliado prematuro ideal, para derretir la cortina de hierro que separó durante lustros a dos facciones de escritores: quienes aceptaron subirse al carro de la revolución o fingieron mudarse de Cuba para no retornar al origen.

La nostalgia de Severo por volver engrosa la mitología de sus añoranzas y la imaginación de los otros. En1987, la filántropa mexicana de origen cubano Nedda G. de Anhalt le preguntó a Severo: “¿Piensas regresar a Cuba?”, a lo que Sarduy respondió: “Hace veinticinco años que no regreso y tengo a toda mi familia allá. También tengo escritores amigos como los tengo en el exilio” (Transición).

Sarduy estuvo más cercano a la astrología y al coito narrador-lector antes que al activismo político de las revoluciones traicionadas. Pero heredó la marca del apátrida que pesa sobre Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante y otros affaires, negados a pasar gato por liebre en cuanto a definir sus posturas políticas. Como simulador que fue, Severo gozó como nadie de su relajación ideológica.

Severo Sarduy voló por encima del albur revolucionario que involucró a la vanguardia de su generación; antepuso salvar el pellejo en beneficio de su posteridad. Al colocar el cuerpo por encima de su inscripción geopolítica, le otorgó el derecho a mariposear entre la rosa y el crimen: obsesión castrada que identificó a quienes se nuclearon alrededor de la revista Ciclón entre 1955 y 1957.

Severo secreto (Violeta Producciones, 2016) es un documental de Oneyda González y Gustavo Pérez que situó al “camagüeyano universal” en el centro de su gravitación insular, gracias a esa potestad legitimadora que caracteriza al justiciero tardío con los recursos estratégicos para culminar su faena con éxito.

Sarduy confesándole a su amante judío-francés Francois Wahl que “la literatura no debe ser transparente”. El historiador Rafael Rojas distinguiendo la escasa vehemencia política de Severo, fustigado por Reinaldo Arenas. Un lector-ideólogo al estilo del camarada Ambrosio Fornet, describiéndolo como “un cubanito simpático”, partidario de la herejía formal. El documentalista Orlando Jiménez Leal exaltando la poca severidad de un Severo inclinado al placer de la voluptuosidad.

De Camagüey a La Habana. Del rostro a la máscara. Del mulataje al estructuralismo barthesiano. Severo secreto reveló a un mutante travieso cuyo signo era la búsqueda; alguien capaz de quebrar los signos del tiempo y el espacio. Si el primero en rebasar el fatalismo geográfico fue Sarduy, algo similar pretendieron los realizadores de un documento testimonial articulado con “ciencia, conciencia y paciencia”, acatando un eslogan del sabio cubano Fernando Ortiz.

El crítico de cine Dean Luis Reyes (un padre de familia), le otorgó al documental el mérito de no reconstruir una víctima ni insistir en la disputa fundamentalista. Una valoración tan orgánica como hipócrita en materia de repaso intelectual pos59. A lo cual, agregaríamos que también omitió a esos verdugos por encargo desde arriba, quienes borraron de compendios y diccionarios a los escritores emigrados.

Un personaje sofisticado y juguetón como Sarduy era idóneo para fraguar un ejercicio de escamoteo político, en nombre de la ética revolucionaria o la estética cinematográfica. Nadie sabe o qué importa. ¿Acaso es noticia el nivel de indolencia alcanzado por el campo intelectual en cualquier rincón del planeta?

El sueño acariciado por los camagüeyanos Oneyda González y Gustavo Pérez no sufrió la pesadilla del rechazo oficial como ardid publicitario; Severo secreto pudo exhibirse en el 38 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y en la 16 Muestra de Jóvenes Realizadores. Si pasara inadvertido (saldo receptivo hasta el presente), sería por el rigor que demandan las bellas artes.

Dicha tolerancia le bastó al documental para ganarse la indiferencia de los cazadores de barbarismos gubernamentales; esa legión de ociosos asombrados al disfrutar en la pantalla del cine Charles Chaplin del Vedado habanero a voces anti-totalitarias como el poeta Manuel Díaz Martínez, los cineastas Orlando Jiménez Leal y Fausto Canel o el ensayista Rafael Rojas, quienes protagonizaron un retorno simbólico para terminar editados con una cadencia anti-resentida.

Antón Arrufat (pretendido en vano por mujeres) fue otro de los siquitrillados en la década del setenta que permaneció en Cuba para callar, esperar y morir en su terruño. Como sublimador del caos insular, el Premio Nacional de Literatura (2000) lideró un desfile testimonial presto a conciliar memoria, comedia y tragedia. Otra vez el albacea de Virgilio Piñera apeló al eufemismo como medio de salvación.

Actuando como un pícaro culto, Arrufat rescató pasajes de sus charlas con Severo; aquí prevalece el cinismo afectado que los identificaba, para compartir algunas cosas que alivian el sufrir. Por esta ruta, el espectador sintió la presencia de un conversador (Antón) y un humorista (Sarduy) suplantando al oficio literario.

Entre las anécdotas recreadas por Arrufat, hay una donde los cómplices se reencuentran en París en casa de Mario Vargas Llosa y comentan las purgas contra ovejas descarriadas que debían adquirir fundamentos de los conocimientos políticos en las intrincadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP).

Pregunta de Severo: “Ven acá, ¿me han dicho que en Cuba hay campos de concentración?”. Respuesta de Antón: “No…no hay campos de concentración”. Conclusión de Severo ante el regocijo irónico del viajero que cumplió su misión cautelosa: “Ah, bueno, entonces yo diría que hay gente concentrada en el campo”.

La otra cara de este “chiste delicioso” radica en que Severo Sarduy nunca estuvo al margen del contexto sociopolítico isleño, ni siquiera cuando sus obsesiones mundanas, literarias y filosóficas solían extraviarse en místicas de culturas milenarias. Sin embargo, el “todo mezclado” sostenido por su comprovinciano Nicolás Guillén no lo convenció.

Sarduy optó por mantenerse reticente a contaminar su orfebrería literaria del tenebroseo y la envolvencia política; fátum que rigió la dinámica intelectual de escritores afines como Guillermo Cabrera Infante o Reinaldo Arenas.

Antes que potenciar en forma de sátira o parodia la industria anti-castrista, Cabrera Infante y Reinaldo Arenas configuran un axioma del látigo demodé Milan Kundera cuando admitió: “El odio te une a tu enemigo en un estrecho abrazo”.

Severo libró a su escritura de obscenidades voluntaristas, hijas del culebrón saturniano. Su piel rechazó el sudor verde olivo. A su manera, osciló entre provincianismo y cosmopolitismo, recurso para evitar el folclor sucio e inmediato.

Ningún rebelde que disparó en la Sierra Maestra o en el clandestinaje urbano para adueñarse del poder en Cuba, es un protagonista en las ficciones de Severo. Ningún comunista romántico le rompió el corazón. Carecían de esa delicadeza anhelada por otro ser extravagante, sediento de glamour viril lejos del tufo bélico.

La politiquería, fantasma que recorre el archipiélago que vio nacer a este Zaratustra tropical, ocupó el no-lugar que se merecía en una producción literaria orgullosa de recrear una Economía del Mal. Jorge Luis Borges asumía el humor como un género oral. Algo parecido intuiría Sarduy del cachumbambé político.

“Cuando el poder se acerca al deseo, cuando el deseo se acerca al poder, olvidémoslos” (Jean Baudrillard prefigurado por el joven Sarduy, mientras éste quedaba rendido en la cama escuchando a Francois Wahl leyéndole a Marx). Luego Severo reiría a pierna suelta con un reproche de la madre del pensador alemán: “Karl debería haber hecho un capital en lugar de escribirlo”.

Para la hispanista argentina Ana María Barrenechea, en De dónde son los cantantes Sarduy convierte a Cuba en “metáfora de un mundo vacío a fuerza de abarrotado, en el que los dioses se han ido, dejándonos dos realidades: el lenguaje y la muerte”. ¿Réquiem por el paisaje funerario de la revolución?

Este pastiche anticipó una parodia al síntoma del nacionalismo iconográfico, vicio que muchos años después el crítico de arte Gerardo Mosquera diagnosticaría como el fenómeno de la neurosis identitaria; patriotismo suave que homogenizara a las artes visuales cubanas a partir de la década del noventa.

De dónde son los cantantes (ciudad México,1967), segunda novela de S.S, no fue publicada en la Isla hasta 1995 y reimpresa en 2003; entonces ya era imposible fijar el comienzo o término del gasto o la pérdida del otro enemigo rumor.

Ramón Chao, letrado español residente en Francia, detalló la última vez que vio a Sarduy; fue en una exposición del artista catalán Josep Guinovart en la galería Davidov: “Estaba flaco, pálido, tembloroso, sin que el deterioro le restara fogosidad”, cuenta el memorioso Chao. Pero ello no le impidió decirle a Ramón: “Quisiera entrar en ti, cabeza con cabeza, pelo con pelo, boca contra boca…”.

En una vil seducción, Severo Sarduy calcaba el tono orgiástico de la Piazza Morgana, fragmento rescatado de Gianni, Gianni (1965), novela destruida por su autor Calvert Casey. Exorcismo homoerótico elevado al rango de pornografía de culto, orgánico durante la cruzada tardía contra la homofobia en Cuba. Calvert Casey se quitó la vida en Roma con una sobredosis de somníferos en 1969.

“Suéltame, porque creo en tu aliento. Ciégame, porque oigo tu no. Suéltame entre muchos pasos y el ciempiés. Ciégame debajo del árbol del conocimiento. Suéltame, que me reduzco y grito. Ciégame, que me abarco y comprendo” (Sarduy memorizando al galáctico José Lezama Lima en el Valle de Proserpina).

Severo secreto resucitó a un S.S apolítico, dado a refugiarse en el travestismo, los malabarismos intertextuales y la hibridación cultural. Incluso, los guionistas evitaron detenerse en el fenómeno del SIDA, tanto como el impacto que tuvo la enfermedad en la existencia del escritor, quien murió a los cincuenta y cinco años.

Este documental de Oneyda González y Gustavo Pérez transfiguró a Severo Sarduy en una leyenda casi modélica de la cultura cubana. Así, nunca laten fisuras en la pulsión de un imaginario rocambolesco; escenario neobarroco portátil, alternativa de lo real maravilloso americano. Aunque tras las bambalinas de reescrituras perfectas de la historia, se oculta la imperfección de las palabras y las cosas ininteligibles que sobreviven al hombre y su circunstancia.

Posdata:

“AQUÍ LO QUE HACE FALTA ES TERCIOPELO, camiones de terciopelo bajo un sol de Flandes” (Proclama del anartista Ezequiel O. Suárez, distribuida en La Habana y 2017 durante una exhibición de Yornel J. Martínez Elías).

 

 

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