El Senor Corchea es un espacio de Elvia Rosa Castro para publicar sus textos sobre arte cubano y los de aquellos que deseen colaborar con ella. También intentara estar actualizado respecto a las noticias para que sus amigos y conocidos (y otras personas) conozcan la info de casi primera mano y rápida.
UN BARRIO FINO

UN BARRIO FINO

Apuntes sobre un libro y su making off[1]

Por Danilo Vega Cabrera

Piense en la relación imaginaria entre una soga y un trapecista. Este puede servirse de la soga para iniciarse en riesgosas acrobacias solo al alcance de experimentados; o puede servirse de la soga para no caer desde el trapecio una vez que decline en el juego; o hasta puede servirle, en el peor de los casos, para poner fin a su vida.

Las mejores metáforas se ofrecen solas sin necesidad de explicación, aunque también pueden quedar encriptadas en una sabrosa ambigüedad.

Dialogar sobre el arte cubano y su reflexión en un período determinado, utilizando el conducto de las voces críticas conllevó su complejidad y al mismo tiempo un disfrute generoso. Conducir una polémica acerca de los años noventa y de todo un período de cambio de siglo en nuestra producción simbólica, comportó estudio cuidadoso y sistemático.

Precedentes en antologías o algún tipo de compendio de la crítica de esos años nos servían a cuidarnos de omisiones imperdonables.

Ahora se precisaba fijar nuestros propios criterios de demarcación de acuerdo con los fines de este proyecto particular, en lo que se conciliaron temas, autorías, procedencias, proyecciones e intereses… al interior del sistema del arte cubano.

Hoy no escribiría al libro una introducción tan seria ni tan larga como la publicada. Me quejaría menos y gozaría más todo lo que quedó tras la maqueta editorial. En una palabra: “deconstruiría”.

Empezaría por recordar cuando tomaba las respuestas de Manuel López Oliva de aquellos larguísimos mensajes de correo electrónico en los que, entre otras cosas, me hizo saber que sus criterios iban a ser sin confrontaciones, que no compartía las perspectivas del difunto Kevin Power. Que prefería contestar por sí mismo. Recordaría la primera vez que intercepté a Nelson Herrera Ysla en plena Calle 23, y luego sus reparos a ser incluido en el proyecto por cuanto él, me objetó, siempre estuvo más enfocado en su trabajo en el Centro Lam y la Bienal de La Habana. Y a Carina Pino Santos cuando en el intento de asegurarme que algunos aspectos no quedaran fuera, me emplazó con aquello de que no le dijera lo que debía contestar.

También si de intentos se habla, recordaría aquel con Osvaldo Sánchez a fin de agregar a su entrevista el punto de sus “Diez ejercicios cínicos para pintor escéptico”, como representativo del excelente pedagogo que acompaña al brillante ensayista. Intento sin resultados. Como otros, sea ejemplo aquel que me hace lamentar la ausencia aquí de Rufo Caballero, que incluso cuando su extenso cuestionario lo tenía hacía rato en su buzón, entre la naturaleza de un trabajo como este realizado intermitentemente, a intervalos, y lo súbito de su fallecimiento, apenas tuve la oportunidad de insistir mucho.

Y de igual modo, me volvería a lamentar de que Gerardo Mosquera prefiriera reservarse sus consideraciones sobre la crítica de los noventa y dar una salida elegante; un silencio sobradamente elocuente, de la pertenencia y devoción al momento irrepetible que se correspondió con sus expectativas. 

No podría dejar de recordar el histrionismo de Erena Hernández, arrodillada tratando de abrir una cafetera mientras me hablaba del oportunismo de muchos artistas para quienes trabajaban los críticos. Hablaría de las lágrimas de Lupe Álvarez —lágrimas no precisamente de felicidad— al leer tantos criterios sobre su ejercicio pedagógico-crítico en boca de algunos colegas. Hablaría de Dannys Montes de Oca diciéndome en imperativo que esperara, que tendría que volver a revisar, pues la entrevista estaba muy larga y que de otro modo no me autorizaba a usarla para publicación; que tuviera paciencia pues, que quien espera lo mucho espera lo poco.

Celebraría la disciplina de David Mateo, dispuesto como Janet Batet a ampliar la entrevista inicial, única manera de incluir otros puntos importantes que fueron saliendo a relucir en conversaciones posteriores. Hablando de Janet Batet, imaginaría cómo fue aquella conversación con Meira Marrero en un aeropuerto de Estados Unidos: “¿Ya terminaste con lo de Danilo?”, “No”, “¡Qué alivio! Yo tampoco he acabado. Son tantas cosas”.

Me resulta en extremo graciosa la imagen masoquista de Elvia Rosa Castro contestando un interminable cuestionario con la mortificante resistencia del mouse de su ordenador, y aun así diciendo que le gustó.

Aplaudiría la cordialidad de Jorge de Armas para volver sobre cuestiones que ya le quedaban tan lejos, hasta reír con la vagancia exasperante para conformar su (nunca entregado) resumen curricular y la demora intrigante (tratándose de un fotógrafo) para facilitarme una foto de autor; y asimismo esa agudeza fina de las palabras finales de Juan Antonio Molina respecto a la fotografía y la atención que le ha dispensado la crítica. Como aplaudiría igual la seriedad de Tonel (Antonio Eligio Fernández) en sus respuestas: catorce páginas porque según él “las preguntas también estaban buenas”. Ese tiempo que me concedió, y más tratándose de este crítico, se llama humildad. No olvidaré la colaboración de Caridad Blanco, desempolvando recuerdos y archivos en medio de álgidos trámites nada más y nada menos que con sus espejuelos en una óptica. Lo mismo que la colaboración de Corina Matamoros, al cumplir —a tiempo y en medio de muchas otras tareas mayores en el Museo Nacional— con lo que llamó una “tareíta”.

De igual forma, tendría en cuenta con Orlando Hernández (otra víctima de un bombardeo de preguntas): primero, la oportunidad de disfrutar sus textos, luego su consejo estratégico de poner directo en bandeja, sin concertar antes con la gente, los cuestionarios que quedaban, y, por último, le agradezco tirarme en brazos, literalmente, de Eugenio Valdés en una exposición de Tonel en Factoría Habana, para que nos conociéramos y acordáramos nuestro diálogo. Diálogo en el cual, dicho sea de paso, Eugenio con su “locuacidad implacable” apenas me dejó hablar.

Una necesaria entrevista que decidimos articularla a seis manos con Meira Marrero y José Ángel Toirac, otro de nuestros artistas con posibilidades para el crítico (que es sabido no son todos), quedó en stand by entre la puntualidad de Toirac y la mayor demora de Meira, un tiempo aprovechado no obstante en valiosos intercambios. Sufrí un poco cuando creí que María de los Ángeles Pereira no podría tributar al proyecto, en un momento en que tuvo que alejarse de su vida activa y así lo ideado en un inicio hubiese quedado “cojo”, pues se trataba de alguien que a mis fines reunía avales de la mejor crítica académica difícilmente compensables. Por fin, aquella entrevista tuvo lugar en La Habana, un día después de la de Erena Hernández. Disfruté muchísimo el ensayo en que convirtió Wendy Navarro su contestación a mi cuasi “pie forzado” sobre cierto agüero apocalíptico en torno al arte cubano finisecular, luego de asegurarme que esos reduccionismos y generalizaciones para con un arte tan heterogéneo referidos al inicio de su entrevista, no tenían que ver con la naturaleza de este trabajo. ¡Que no lo decía por mí! Pues de repente también me acomplejé.

La misma claridad la encontré en críticos aún más jóvenes, por lo común acusados de “incendiarios”, como Andrés Isaac Santana, con quien pude por fin confrontar esas aperturas cognoscitivas urgentes para la exégesis crítica y académica, así como también los propios avatares de esas aperturas, protagonizadas o vividas por él y otros de sus colegas. Para Suset Sánchez, espero haber servido a desempolvar un poco ese estudio del neohistoricismo en el arte cubano contemporáneo que al menos hasta 2012 dormía inédito en Madrid.

Cientos de e-mails, llamadas telefónicas, discos que viajaron del extranjero a La Habana o fueron alcanzados hasta Villa Clara están detrás de estas conversaciones, hicieron parte del work in progress de este libro, de lo que a la postre pudo llegar a ser. Angustiosas faenas y también no pocas satisfacciones. En dos palabras, mucho trabajo. La soga y el trapecista…, finalmente, no valió a su autor para “tirarse la soga” según reza la voz popular; y hasta pudo esta haberle servido en algún instante breve en que pensase desistir, pero antes que todo fue el salvoconducto que fungió de código compartido para sondear con colegas, en su profundidad plausible, la problemática crítico-artística de los años noventa en Cuba, dispersa en textos y en la historia oral. No quiso, fíjese, el también cauteloso tránsito del equilibrista, sino lanzarse en aventura más osada, con una espectacularidad muy suya, no exenta de riesgos en su medida y de no siempre fáciles encadenamientos.

Pero lo verdaderamente importante está lejos de la metáfora de título tan cirquero. La soga y el trapecista… quiso ser un ejercicio de recuperación de la memoria de aquellos difíciles años a partir de la entrevista de opinión a voces críticas que, si no en todos los casos fueran imprescindibles, sí al menos aportadoras en algún que otro aspecto. Y, tanto para su autor en su construcción conjunta, como para los lectores a propósito del producto terminado, queda en el panorama de nuestras publicaciones como otra posibilidad de estudio del arte cubano contemporáneo a través de esta “ventana” que nos ofrece la voz crítica. Una voz crítica, por suerte, ni uniforme ni servil, antes bien, cuestionadora hasta de sus propios enunciados, contradictoria a veces, y siempre plural como heterodoxa.

 

[1] Palabras para presentar: La soga y el trapecista. Dialogando sobre arte cubano y crítica en los noventa (Artecubano Ediciones, Consejo Nacional de las Artes Plásticas, La Habana, 2016), en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, Ciudad de La Habana.

 

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