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Mural de Fidelio Ponce aun puede "verse" en el Fin del Mundo

Mural de Fidelio Ponce aun puede "verse" en el Fin del Mundo

En San Juan de los Yeras, hace noventa años

Por Danilo Vega Cabrera

Cuentan que a fines de 1925, Fidelio Ponce de León (Camagüey, 1895-La Habana, 1949), una de las figuras cimeras y más singulares de la pintura cubana de vanguardia, cumplía cárcel en Santa Clara, al parecer por haberse «propasado» con una dama respetable en el poblado villaclareño de San Juan de los Yeras. Quizás cualquier sanjuanero sabe que el célebre pintor hizo allí una de las estancias de su vida errabunda, pero muchos villaclareños desconocen hasta de la existencia de una pintura firmada por él en las paredes del edificio ocupado hoy día por la TRD Caribe La Parisién, en ese pequeño pueblo del municipio de Ranchuelo.

Este rótulo publicitario donde leemos «Café Parisién», ejecutado entre 1924 y 1925, situado a unos cuatro metros de altura y de cinco metros de ancho aproximadamente, mantiene en la actualidad un estado de conservación todavía adecuado, si bien alguna que otra área ya está dañada desde su restauración por Alberto Doreste en 1981.

El libro del destacado intelectual santaclareño José Seoane Gallo, Fidelio Ponce en San Juan de los Yeras, publicado por Ediciones Capiro en 1996, constituye prácticamente la única fuente de información sobre una pintura mural que no deja de seducir con el misterio propio de la leyenda tanto a los sanjuaneros como al transeúnte curioso. Porque aunque la llegada de Ponce a San Juan no fue precedida por la fama, la credulidad y buena fe de sus moradores ayudó a alimentar el egocentrismo del artista, la encarnación moderna de la idea del genio, mucho antes de que con acierto el mismísimo Alfred H. Barr, director del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), lo ponderara cual el mejor pintor de Cuba.

Para entonces Ponce había aprobado varios cursos de sus estudios inconclusos en la Academia San Alejandro. Contaba ya con un oficio, con las habilidades técnicas de un artista; y a juzgar por una pieza fechada en 1920, Cabeza de mujer, exhibida en el Museo Provincial Ignacio Agramonte de Camagüey, contaba ya incluso con una manera de ejercer la pintura bastante definida y cercana a la que más conocemos. Por tanto, le asiste razón a Seoane Gallo cuando tilda al mural de San Juan de obra menor en la trayectoria del pintor, pues, con todo y lo aprendido en la academia, tal vez le faltara aún preparación como rotulista y no lo movía un gran interés más allá del de la necesidad de comer en pago a su trabajo en la fonda que lo acogía; pago las más de las veces intercambiado por alcohol, en un estado de embriaguez casi permanente bajo el cual subía a pintar a un andamio improvisado.

Aun así, no ha de verse como una obra menor por estar desprovista de valores artísticos, no se trata de un rótulo comercial cualquiera, de un anuncio publicitario corriente, y ello resalta al primer vistazo. La tipografía elegida no es común. Sus trazos y los arabescos alrededor logran un nivel de sugerencia tal que nos hace imaginar las emanaciones sensitivas provocadas por una cafetera (o tetera) hirviente —pintó una en la parte inferior derecha, junto a frutas tropicales—, o las formas de nuestra flora y vegetación, o la sensualidad de los motivos decorativos del estilo art nouveau. El letrero en su conjunto ostenta organicidad entre las letras gracias al ritmo conseguido, a un ritmo unitario valga decir. Los arabescos exteriores a las letras ayudan a disimular las irregularidades de espacio entre ellas y de diferencias entre las repetidas, es el caso de la «a» y la «e».

Prolongación de aquella pintura popular abundante en los siglos XVIII y XIX, el mural de San Juan no fue hecho por manos anónimas; por el contrario, resulta el testimonio indeleble de un acto de supervivencia, firmado por un pintor renombrado de Cuba. Su majestuosidad en la alta pared del otrora café-hotel Parisién de San Juan, esclarece unos años confusos en las biografías publicadas del escurridizo Ponce, donde suele ubicársele en San Antonio de los Baños. Pues a diferencia de Guillén, quien celebró su sombrero semejante a un paraguas para engañar al sol, sus biógrafos y críticos no terminan de entender que Ponce —del que celebramos ahora el 120 aniversario de su natalicio—, define su esencia en la constante huida, sin medir entre la vida y el arte. Tanto así como que a San Juan parece haber llegado huyendo de la justicia por un delito análogo al que lo vio irse a la cárcel de Santa Clara, dejándonos en unos metros de muro —para nuestro total orgullo— sus pinceladas y su rúbrica hace ya hoy noventa años. 

Cositas sueltas...

Cositas sueltas...

Tesis de grado defendidas en la especialidad de Historia del Arte de la Universidad de la Habana, 2016

Tesis de grado defendidas en la especialidad de Historia del Arte de la Universidad de la Habana, 2016