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It's Fun to Lose and to Pretend

It's Fun to Lose and to Pretend

Por Elvia Rosa Castro

El ejercicio curatorial, sobre todo en los últimos años, posee un telos de naturaleza básicamente instrumental. Un propósito que está mucho más allá de la mera filantropía y de la promoción vista de modo abstracto. Y esto no lo hace bastardo, aunque sí genere cierta suspicacia. Todo el recelo, las dudas y las críticas que se observan en torno al ejercicio curatorial tienen su fundamento en ese incentivo para-artístico, medio turbio, que se encuentra traspasando la santidad que cree poseer el arte. ¿Por qué los especialistas se vuelven curadores? ¿Por qué llama tanto la atención en estos tiempos?

Exceptuando las bienales y los salones de arte ( ya estoy a punto de desdecirme ya), casi ninguna institución produce una idea rectora en torno a lo que va a primar como discurso curatorial. Por el contrario, se adecua o no a las condiciones exigidas por el artista, quien por lo general ya tiene su muestra preconcebida, o se sienta a negociar la propuesta del curador “ajeno”.  Más allá de estas dos situaciones existe una tercera: la propia institución encarga a un curador, ya free lance, ya plantilla de un centro alguna que otra muestra, en unos casos con un interés específico, mientras que en otros el libre arbitrio, la libertad del sujeto curador invitado es quien determina.

Debo confesar que en lo personal no me agrada mucho ejercer la curaduría, pues de pronto esta se entorpece con la producción, la promoción, el montaje y otros etcéteras que nos distancian de la idea inicial por agotamiento sobre todo. Han sido pocos los proyectos curatoriales en que me he visto envuelta y aunque exiguos en cantidad, siempre han trascendido mi voluntad de elección. De hecho, los únicos dos que he diseñado a priori, Yo tengo mi teoría y Tú no me calculas, se han visto paralizados frente a la idea de tener que producir la muestra… aquí donde todo se complica y vuelve rocambolesco. De buena gana cediera o vendiera el copyright de estas muestras.

Sin embargo, ya sea por encargo o por amistad, el lado bondadoso de todo esto reside en que puedes armar un discurso que emplace e inquiera constantemente al espectador. Que lo obligue a cavilar. Una idea que se desplace con la libertad vedada a la palabra escrita en ensayos, pues el mundo de la imagen existe en la síntesis mientras que el de los conceptos en la analítica y esto hace que muchos contenidos se muevan con mayor facilidad dentro de aquel al tiempo que en la ensayística son impronunciables por censurables. Es en este preciso punto donde el curador se viste de intelectual, donde el hecho se convierte en pensamiento crítico. Incluso, aunque trabaje por encargo. En la reversibilidad de este gesto externo, en la posibilidad de que un proyecto sea aprobado casi in extenso por supuesto y en el que sea necesidad del propio arte radica, en mi opinión, la ganancia de cualquier incursión curatorial.

(Lógicamente, ando asumiendo la solidez del proyecto como principio).

Ahora bien, si la gestión de un curador depende en buena medida del protocolo, del negocio, del histrionismo, de su labia e incluso de la hipocresía, para qué tanto desgaste. Más allá de la vanidad que supone el ser curador -y ello es casi razón suficiente- y más allá de que el gesto surja como una exigencia del contexto, o sea, de que sea un acto eminentemente intelectual por orgánico y movilizador y en consecuencia emancipador, aparece el matiz instrumental del fenómeno que explica el what for: resulta que ser curador se ha convertido en salvoconducto para cruzar infinitas fronteras.

Si revisamos los web sites convocando a concursos, así como las convocatorias impresas para tales casos el plus se lo lleva la curaduría en detrimento de la escritura crítica. Y si preguntamos por los honorarios recibidos descubrimos la justificación del afán. El intelectual sufre una vuelta de tuerca y entonces se vuelve eficiente, menos laxo. Se vuelve operativo, ágil, puntual. Se preocupa por su currículum. Comienza a interesarle la norma. Paulatinamente va olvidando “la rabia del te” y el despropósito.

Sólo advierto un cambio pero no juzgo. No obstante, está bien que alguien sea pagado por su trabajo y capacidad, algo que no sucede con la escritura ni con el resto de las profesiones. Además, el curador no apareció por generación espontánea. Surgió como necesidad institucional y también del arte, para el que no basta la creación pura: si no sale del atelier, no existe.

Mientras aquel dato medio judaico y determinante se mezcle con aspiraciones que lo trasciendan, haciéndolo vascular significados legítimos y emancipatorios en cierto sentido –nunca es total-, pulsando tendencias, exponiendo tesis teórica y prácticamente interesantes y plausibles, esa suerte de ensayo visual que debe ser la curaduría se creará más adeptos día a día aunque muchos, muchísimos renieguen de ella o la crean un apéndice.

Cuando algo es necesario se vuelve causa sui. Sustancia. Se erige y anda por su cuenta. Y no hay quien lo detenga.

Notas

Hurtado a Nirvana en "Smells Like Teen Spirit", del álbum Nevermind.

Polémica lista

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Premio de Crítica de Arte "Guy Pérez Cisneros" 2016

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