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The Gallery in peace

The Gallery in peace

Por Daleysi Moya

Yo sabía de Ezequiel desde antes (Ezequiel es como una especie de mantra, no ya para el arte cubano –que no tiene muy claro qué hacer con él, dónde ubicarlo– sino en el imaginario de uno de los gremios más seducidos por el fenómeno del “mito”. Me refiero, claro está, al mundillo local del arte contemporáneo) sin embargo, no le conocía en persona. Era abril de 2015, y estaba próxima la llegada de La Bienal. Recuerdo que fuimos a su casa un sábado en la mañana, día raro para buscar una obra de Ezequiel o –lo reconozco– para hacer algo distinto que estar durmiendo o despertando. Pero ahí estábamos, poco antes del mediodía, en su pequeña casa del Vedado, leyendo con toda la perplejidad que demanda “Bajo la influencia”, aquellos poemas reescritos, tachados, despojos textuales de un gesto neo-dadaista que pasaba cuchilla a Kavafis, Rilke, Baudelaire, Pavese, y hacía poesía de la poesía. Así conocí yo a Ezequiel, y aun intuyendo que todas las maneras posibles de conocerle tienen, necesariamente, que comulgar con su lucidez ida de rosca, tengo que decir que la poesía fue la mejor puerta de entrada.

Ese día descubrí varias cuestiones, claves a mi modo de ver, para entender y dimensionar con justeza no sólo su trabajo, que también, sino al propio Ezequiel. Algunas de estas se hallan lejos de ser revelaciones, quizá ya estén escritas por un crítico sagaz que me antecedió en la tarea; otras son meras notas al pie, comentarios no subrayados, impresiones –cuasi sinestésicas– ligadas a aquella mañana de abril. Lo primero es que Ezequiel ha arrancado a la “obra de arte” (ese objeto, residuo, fetiche), con la impudicia de los que no saben, o el cálculo premeditado de los que saben demasiado, de sus lógicas más extendidas. En ocasiones, este accionar responde a una voluntad lúdica y desautomatizadora que le acompaña permanentemente y de la que no puede –ni quiere– zafarse, a veces se trata un comportamiento espontáneo ante la creación. Muchas de sus libretas, papeles, hojas sueltas, incluso sus lienzos y acumulaciones, son eso: automatismo, distención, divertimento. Acercamientos desauratizados al proceso del arte, y también por ello, comentarios incisivos, filosos, viscerales sobre cualquier otra cosa.

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Luego está la textualidad que atraviesa, de un extremo a otro, su producción entera. Lo más llamativo en este sentido serán los modos irreverentes para con el campo del arte, en que esa textualidad  se incruste en el epicentro de su quehacer. Ezequiel pinta, dibuja, fotografía, grafitea, recorta, ralla el texto. Ezequiel escribe lo que se le ocurre. Y sucede que sus obras reproducen el mismo esquema desarticulado de sus textos: una estructura que parece construirse desde el absurdo y que termina dándole la vuelta al método. Él sabe lo que escribe, lo que dice, lo que pinta, lo que suelta como sentencia cortocircuitada. Entiende, como ningún otro, la urgencia de agitar las cosas para poder, al fin, salvarlas (si acaso a estas alturas semejante empresa fuera viable).

Ezequiel fuma como un poseso, toma café todo el tiempo, te mira como si no te reconociera –y cuando lo hace, uno se espanta ante la perspectiva de no ser uno mismo el observado. Es de los artistas cubanos más lúcidos. Usa el lienzo como una libreta de apuntes y no le importa. Usa el pincel para escribir. Te vuelve loco. Pero cuando lees sus proclamas, sus poemas reinventados, una frase cualquiera extraviada al interior de un collage, ¡ay mi madre!, entonces no queda de otra que conectarse, que seguir el camino enrevesado y hondo de lo escrito. Uno se eriza con su poesía quebrada, sus performances, con sus gestos más ligeros porque sospecha lo que contienen.

Quizá por esa manera sui generis de enfrentar la creación, el círculo del arte reclama la actualización constante del personaje que le acompaña. Su figura genera expectativa, es un hecho y una tiranía. Pero Ezequiel anda a su ritmo, y no está dispuesto a pactar con el diablo con tal de perpetuar su propia leyenda urbana (¿o sí?). Primero, tiene que ir y virar de Jagüey, garabatear miles de proclamas y tirarlas desde lo alto de una azotea cualquiera. Su arte es su arte, a nadie le cabe duda de que es legítimo y sincero, y si quedaran dudas, pues poco le importa (a mí tampoco, la verdad). Por eso su exposición más reciente –“Las Preocupaciones”– ha querido, deliberadamente, despojarse de afectaciones, de poses, alardes. Inaugurada en el espacio de El Apartamento el pasado 18 de febrero, se presenta como una muestra más calma, compendio de trabajos de distintos momentos, llamado de atención en voz baja, puesta en órbita, ordenamiento. Yo creo que Ezequiel necesitaba eso. Otros piensan que no. Tal vez todos tengamos razón.

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Ezequiel no está preocupado por reinventarse. Por suerte, no carga con ese malestar contemporáneo. Su quehacer se niega a participar de la noción de huida hacia adelante que se ha vuelto una especie de neurosis para los artistas de nuestro tiempo. Al final, él siempre se ha movido en los bordes, y no será ahora que entre por la “canalita”, y si lo hace – ¿quién puede salvarse de ello? ¿quién puede culparlo por ello? ¿quién no está entrando, a día de hoy, por alguna canalita? – será con su habitual hidalguía. Otra cosa sería inconsecuente.

“The gallery in peace”, escribe en una pequeña colcha rosada, una manta para bebés, y el ademán parecería jocoso si no supiéramos, con triste certidumbre, que desmonta el cinismo del arte y sus dinámicas más actuales. Él se reconoce partícipe del juego, pero no por ello va a callarse. Habla de todo y de todos: ahí están sus collages, su grafiti (“Si tú eres artista, vamos a sufrir”). El panorama se ha complejizado, la esclusa del arte y sus pequeñeces se vuelve un terreno movedizo en el que las cosas van configurándose a partir de pactos y negociaciones, ahora todo es más complejo y Ezequiel, en respuesta, más dislocado y astuto. Esa frazada rosa marca el tempo de la exposición, es la médula de una actitud ante el arte que no ha cambiado; es, si se quiere, un gesto más oportuno, el reverso acolchado de aquella sentencia brillante que reza (vomita): Hay artistas estatales en Bayamo y en Miami. Y hay artistas con misión: dejar una huella, profunda, en la nieve. Y hay ratas, y hay no artistas. Y hay algo peor que eso: artistas que se creen finos porque el éxito o el infame dinero nunca los rozó. Ufff!!!

La muestra podría no ser nada, está bien distante de postularse como un proyecto pretencioso, no obstante es, quizá por ello, la medida de muchas cosas ¿Qué abismos separan la instrumentalización del espectáculo dentro del arte contemporáneo, de las cajas de luces y el recolocado (y vitalísimo) “paradigma estético”? ¿Qué muros se elevan entre el artista comprometido, el romántico, el perspicaz, el fichado por la galería de moda? Nada de esto me queda claro. De ahí, que prefiera repasar, palmo a palmo, la discursividad de Ezequiel, esa que me desordenara con sus poemas de autoría compartida una mañana de abril. Me acerco a sus cientos de polaroids y comienzo a entender, poco a poco, el “Paseo del hombre nuevo”, sus desplazamientos, retóricas, ardides, confusiones. Como un ciclo, de una pared a otra, se cierran los sentidos y demonios de “Las Preocupaciones”.

Uno sale desorientado/ desilusionado de la exposición, probablemente porque los desasosiegos de Ezequiel no estén tan lejos de los nuestros. En esta oportunidad, el techo no va a caer sobre nuestras cabezas (como en aquel performance que realizara en 1995), el techo es eso que pisamos mientras vamos de camino a algún sitio. Atrás quedan los recortes de revista, las fotos de su viaje a Suecia, el grafiti de la primera sala. Las cosas se quiebran en la medida en que sabemos que “The gallery in peace” es la única certeza de nuestra época. Una verdad como un templo. El arte moviéndose en el tablero de ajedrez de los mercados, tratando de resistirse y dejándose asimilar.

Andando rumbo a Línea sólo una frase –que recuerdo de memoria– me arropa y protege de la rotura definitiva. No es de Kavafis, Rilke, Baudelaire, no es de Pavese. Repito para no extraviarme de modo total: “Un local sin espejos es un local inhóspito”, y agarro un taxi de diez pesos para mi casa.

Marzo/ 2016

Artists-in-Residence Program, Bemis Center for Contemporary Arts

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Tania Bruguera habla en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba

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