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Un conceptualista de lentejuelas entre las pirámides

Un conceptualista de lentejuelas entre las pirámides

Por Héctor Antón

  ¿Puede el aleteo de una mariposa en Brasil provocar un tornado en Texas?                                                             

                                                                       Ernst Lorenz, meteorólogo

 El sábado 24 de mayo de 1997, el empresario cultural John Brockman recibió un e-mail del crítico y curador Hans Ulrich Obrist: “Querido John, acabo de recibir un mensaje muy triste que James Lee Byars murió ayer en El Cairo. Muy enfermo pasó los últimos meses de su vida cerca de los faraones.                                                                                    Cordialmente,                                                                                                               Hans Ulrich”.

La extravagancia como acto de certeza rige el ideario de James Lee Byars, quien se autoproclamó "el Artista Desconocido Más Famoso del Mundo". Un alter ego masculino de la fluxus pop Yoko Ono. “Exagero, luego existo”. Deambular fue una tabla de salvación personal; anclar en un territorio o imponer una marca no era lo suyo; Byars transitó por Asia, los Alpes, Berlín, Nueva Escocia, Los Ángeles y Nueva York. Hasta que eligió el lugar del sueño eterno: reposar bajo las pirámides.

Sus acciones eran breves, regularmente duraban solo unos minutos. Entonces desaparecía como un mago en su traje chillón y sombrero de copa. Tal vez ansiando trascender como el payaso eventual de un milagro espectacular.

El oficio de emigrante era impartir clases de inglés, actividad que ocasionalmente revirtió en performance. El arquitecto Robert Landsman, quien frecuentó a Byars en Kyoto, recuerda una lección particular. Ese día, Byars ordenó a su grupo no hablar y seguirlo en peregrinación hasta el apartamento que habitaba. Allí había colocado en el piso una hoja de papel en blanco.

Después, solicitó a sus alumnos que se tendiesen boca abajo sobre el papel, formando un círculo con sus miradas aglutinadas en el centro del papel; mientras en la habitación de al lado Landsman tocaba la Shakuhachi, flauta de bambú ejecutada por monjes japoneses en los ceremoniales del culto sintoísta.

Más tarde, cuando Landsman se unió a los alumnos, un insecto voló repentinamente a través de la ventana abierta y comenzó a danzar dentro del círculo sobre el papel y cayó muerto. Byars puso un dedo en sus labios, gesticuló para solicitar a todos que se incorporasen y abandonaran el lugar. La lección de “inglés” había concluido. Relato procesual o testimonio de un suceso creíble.

Sören Kierkegaard distinguió entre “genio” y “apóstol”, dos figuras excluyentes, una ligada a la fe; la otra, relacionada al conocimiento. Byars quiso interpretar ambos roles, a veces actuando de conceptualista lingüístico fundador del “Centro Mundial de la Pregunta”; y en otras como artista/mensajero espiritual que le apasiona jugar con las paradojas o trampas de la certidumbre.

A contrapelo de su parquedad efímera, Byars glorificó el exceso y la belleza, favoreciendo la geometría clásica y luminosa, mediante colores simbólicos como el dorado, rojo o rosa. Gesticulando “fuera del mundillo artístico”, insiste en procurar vínculos con las “cabezas trocadas” influyentes del medio, a través de una correspondencia que se vuelve un ejercicio diario. Cada mañana se levantaba y empezaba a escribir cartas. Se calculan unas cientos de misivas.

Las cartas reflejan un interés por fusionar las culturas de Oriente y Occidente. Ello lo emparenta con algunos de sus viciosos contemporáneos. Los beatniks americanos (Allen Ginsberg, William Burroughs, Jack Kerouac) estuvieron marcados por el romanticismo zen y el embrujo de sus obras de arte. Byars apropió (a su manera estrafalaria) costumbres del Teatro Noh, la caligrafía japonesa o el ritual de doblar y envolver papeles.

Un episodio también ficcionable sitúa a James Lee Byars como precursor del arte de correo. De 1973 a 1986, éste le envió cartas y postales a Joseph Beuys. Lejos de las epístolas suplicantes o laudatorias, lo que le manda son garabatos, poemas o frases entintadas sobre papel de arroz. Estudiosos y críticos del artista coinciden en que se trataba de una falsa correspondencia, pues el alemán comprometido ante su leyenda evitó la reciprocidad inmediata.

(Departiendo con Roberto Bolaño, Ricardo Piglia cuenta que Eric Satie no abría las cartas que recibía, pero las contestaba todas. Miraba quién era el remitente y le escribía una respuesta. Para el deslumbrado Piglia, la correspondencia es fantástica porque todos hablan de cosas distintas y ésa, por supuesto, es la esencia del diálogo. Sin embargo, un reticente Bolaño observa en “cierta deferencia para con el interlocutor”, una imposibilidad de sostener diálogo).

En un derroche de manipulación intimista-procesual, Beuys conservó las cartas y tarjetas para reconocerlas como obras de arte electrónico. Así reaccionó con un ademán silente al guiño de un “semejante”, que sería validado en el momento propicio. La oportunidad cristalizó en la “ciudad de la seda” (Krefeld, Alemania, 1982). Beuys convidó a Byars para un “encuentro pendiente”.

Le pidió tumbarse junto a él y retozar sobre una losa de mármol. Byars vestía de negro y su rostro estaba cubierto por un pañuelo de seda negro que impedía reconocerlo. En tanto, Beuys mostraba su cara, hablaba y sonreía a los fotógrafos. El “anonimato” como destino volvió a encargarse del “artista invisible”.

Ahora le tocaba al “socio de Beuys” aplazar la respuesta inútil. Ahora el zorro disfrazado de performer reencarnaba en el coyote (¿Amaestrado? ¿Drogado?) que Beuys intentó “espiritualizar”. Ahora la “fierecilla domada” nacida en Detroit procuraba asegurar neoyorquinamente (mejor tarde que nunca) un glamour mediático, sirviendo de partenaire al gurú estrella de la pasarela antropológica contemporánea, quien se tapó los ojos ante la “capital que le arrebató el influjo del arte moderno a París”.

A los cuatro años, sus padres le regalaron un smoking para lucir en ocasiones especiales. Vació su casa de muebles, puertas y ventanas para disponer piedras esféricas para una exhibición de un solo día. Rentó una granja para mostrar sus esculturas abstractas una medianoche invernal de luna llena. Los invitados asistieron al show en trineos. Viajó a Japón y permaneció diez años en Kyoto, retornando esporádicamente a su país. Todo para acabar en el suelo germano (enmascarado y maniobrado) por el artista europeo más importante del siglo veinte en Estados Unidos donde Byars era un don Nadie.

“¿Quién recogió un millón de minutos de atención? Lo único que queda para él es lo irreal. ¿Qué preguntas han desaparecido? ¡Oh, Dios, dame un mundo para recorrer!”. La biografía de Byars como la de Beuys también forma parte de la literatura fantástica. Ellos buscaron construir personajes auráticos, para seducir a los mortales inquietos que desean parecerse a los dioses del olimpo terrenal.

Karl Kraus sustentaba: “La obra de arte es la que propone como solución un enigma”. Esa fue una obsesión que acompañó a James Lee Byars durante sesenta y cinco años de vida: un extravagante con aspiraciones de Tutankamón avant-garde; un raro que escenificó su “práctica de la muerte” contra la pared de un cuarto forrado en oro y vestido de lamé dorado, pose similar a la octogenaria aristócrata inmortalizada en una revista del corazón a punto de estirar la pata.

 

Dan a conocer fecha de 13era Bienal de La Habana

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Manuel Mendive. Solo precedido por Lam

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